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lunes, julio 30, 2012

Home


Me llegó un mensaje mientras dormía. "Good morning! Any news when you're coming back??". Veo el reloj y refunfuño. Son las 8am y estoy de vacaciones; definitivamente no me parece ser cuestionada a tan insalubres horas de la mañana de lunes. Recuerdo que allá es una hora mas tarde y respondo: "no creo que me digan nada antes del 1º... por?". Diez minutos después recibo un corto pero cálido "just curious. I want you home." Sonrío y pienso "yo también te quiero ver". Algo en la frase me queda rebotando en la cabeza: home.  Sé que se refiere a Nueva York. Es raro porque estoy en México, en casa, y por el último mes he estado rodeada de lo y los que más quiero en este mundo... casi. Los gringos dicen que el hogar se encuentra donde está el corazón. Y pues la definición no me ayuda mucho. En todo caso, me siento como Anahí y sus dos hogares. 

Muchas cosas pasaron entre mi última visita y este verano: me gradué, me mudé, me enamoré. Yo debería estar ya de regreso y, sin embargo, estoy en México sólo de visita. Y, a diferencia de las visitas anteriores, algo no me deja estar completamente tranquila: una parte de mí quisiera estar en mi País de las Maravillas, disfrutando del verano neoyorkino. Nunca antes me había sentido desarraigada en mi propia ciudad. El DF siempre ha sido mi burbuja, donde más a gusto y en casa me siento. Sigo amando esta ciudad, sigue siendo parte fundamental de mí, pero ahora, estando aquí, algo me falta. Me falta Nueva York y me faltan mis amigos y me falta él.

Y se que, en cuanto llegue a mi nuevo y desordenado departamento en Manhattan, voy a empezar a extrañar a los Señores Nenito y a mis amigos y a la Ciudad de México. Las tortillas allá no saben igual, ni se encuentran taquerías abiertas de madrugada. Allá mi mejor amiga no vive a unos metros de distancia ni puedo ir al cine con mi marido todos los fines de semana. Allá no puedo desayunar con Don Nenito, ni me toca el honor de darle las buenas noches con un beso. En Nueva York no me puedo dar el lujo de chismear con mi madre mientras terminamos el café de la mañana, ni puedo ver la tele con el perro Gober. 

No puedo evitar preguntarme si así me sentiré en unos años, con una parte del corazón en México y la otra en Nueva York. Y también me pregunto si todo esto tiene nombre y apellido (y una afiliación partidista muy cuestionable). Será que todo es su culpa? Será que, si decidimos tomar caminos distintos, esta urgencia que tengo de despertar en el Upper East Side se evaporará? Y es que estaba preparada para extrañar a Nueva York este verano, cuando todo hubiera terminado. No estaba preparada para vivir, otro año más, con el corazón dividido. 

jueves, abril 26, 2012

De despedidas y una carpeta que no logro cerrar


Y después de tantos (cuatro?) años sigo teniendo esa carpeta en mi correo. "Conversaciones con Nuestro Señor". Los que me (lo) conocen, entienden a que me refiero. Y cuando una carta cae ahí ni siquiera llega a la bandeja de entrada porque me da demasiada pena aceptar que todavía me brinca el corazón cuando veo letras suyas. Y así las cosas. Hoy termino mi tesis y con ello el camino que me trajo hasta esta tierra de maravillas se empieza a cerrar. Y con ello miles de preguntas y algunas respuestas y el futuro.

Mas sobre el asunto y el futuro, pronto. Hoy toca noche de ediciones y despedidas imaginarias. Mas sobre cómo hemos cambiado y otras canciones, pronto. Hoy toca la última noche de estudiante. 

miércoles, abril 27, 2011

Retrospectiva en Azul (waiting for an affair to remember)


El otro dia hablé con mi marido-prometido-en-matrimonio. Tenía algo que contarle. Este abrupto inicio de la primavera me puso muy mal (muy muy mal). Después de exponer mis puntos, en acto de completa confianza me dijo: Qué te hizo Nueva York? Tu no eres asi. Cierto. I used to be fearless. Y cierto es que durante los últimos días experimenté un ligero conato de pánico. Y yo no era asi. Nunca he sido de las que calculan cada paso que da. Procedo con cuidado, cuando la ocasion la amerita… pero miedo? Esa no soy yo.

Pero los años pasan y las cosas pasan y el peso de las desiciones comienza a ser considerable. Y los últimos dos años que estuve en México para mi fueron tan dulces como brutales. Y en los primeros meses que estuve en NY algo en mi cambió por completo. Y no fue sino hasta este fin de semana que me di cuenta del peso que he cargado por Manhattan. No es que culpe a nadie ni que me arrepienta de nada. Es solo el peso y los sabores que trajo el otoño y los olores de la primavera. Y ya no soy la misma.

En este ligero estupor/pánico que me envolvió el fin de semana, tuve a bien revisar un poco la historia de este sitio. Y fue como comprar un boleto al pasado. Recordé por qué en algun momento me atreví a decir que tenía un blog sobre sexo. Y, sobre todo, regresé al justo momento donde dejó de serlo y comenzó a ser sobre mis hombres... Y de cuando comenzó a ser sobre uno, en especial. Me sorprendí sobre las letras que algún día le escribí.

Y ahora eso se ve tan extraño. Aquellos dias en los que, sentía, la única solución era huir del país se ven tan, tan lejanos. No reconozco a la chica que escribió todas esas cartas de amor. Y siento un poco de furia. Por haberlo dejado permitirme salir de control. Sigo odiando lo que, en un principio, fui sin el… y sigo amando en lo que me transformó. Y sigo cierta de que nunca me arrepentiré de haberlo encontrado hace 11 años, hace 2, hace seis meses. Y ahora se que esos días dulces y amargos estan muy lejos. Y yo camino por mi País de las Maravillas, con paso seguro. Por que lo que no te mata, te hace mas fuerte.

Asi que de este viaje al pasado me quedan las reflexiones nocturnas, los días felices y mi familia y los sabores del otoño y me quedan las buenas noticias y, sobre todo, me queda quien soy ahora. Con mi pasado y mis miedos y mis certezas. Y, ahora que me han renovado mi pasaporte al Pais de las Maravillas, se que me quedan muchas páginas que llenar y mucha música que recomendar y muchas aventuras que contar… Y, quién sabe, con un poco de suerte, tal vez venga una que guardar sólo para mí. Al final, Nueva York tal vez si me regale un affair to remember.










jueves, enero 20, 2011

No hay marcha en Nueva York



... así me cantaron mis amigos al despedirme de este pequeño episodio de visita extendida o pequeña estadía o largas vacaciones o lo que sea que haya sido este mes que he pasado en mi ciudad. Y si bien es mentira que no hay marcha en la Gran Manzana,  lo cierto es que la fiesta nunca sabrá tan bien como en mi casa, con mi familia. Y el sabor que me llevo es dulce y duradero, como un buen vino.

Dicen que la distancia lo cura todo (deberíamos, entonces, exiliar a todos los enfermos). Dicen que el viento se lleva las promesas y desentierra secretos y que el tiempo cierra heridas. El viento ahora me regresa a mi País de las Maravillas y me trae la promesa de sabores nuevos. Y yo necesito tiempo para decantar lo que he aprendido en estas semanas (crudas verdades y deliciosas mentiras) y deshacerme los nudos que tejí cuidadosamente en mi cabeza y que lograron extenderse hasta el pecho. Y necesito tiempo... y ya el tiempo dirá.

Y ahora sólo me queda claro que el tiempo diluye y los amigos no se salvan de su paso. Hay amigos que se diluyen con el pasar de los meses y ceden ante los cambios y la desidia. Algunos se diluyen dejando huella, como aquellos de la primaria que siempre recordaremos y que nunca volveremos a ver (que, tal vez, ahora no reconoceríamos en la calle). Otros se diluyen sin más: se quedarán, si bien, como una dulce anécdota. Otros se pierden en el tiempo que pasa entre una pelea o un malentendido o un deseo encontrado y las ganas de hacer las paces.

Hay amigos que pasan por nuestra vida y la tocan y se van (no sin ser importantes) y se olvidan. Y hay otros, los menos, que permanecen. Y de estos, hay unos constantes pero intermitentes, como la luna llena, como mi Xavi. Hay amigos que llegan sin avisar y se instalan en las habitaciones más profundas (Muégano, Marido, una década y contando). Otros se quedan, de plano, a vivir en el corazón: la mejor amiga, para hacerlo breve. Otros cuestan más trabajo o no empiezan por el lado correcto (pero igual me hacen volver intempesitvamente a una boda oaxaqueña). Otros no se explican más que por la afortunada casualidad de vivir en la misma cuadra o estudiar en la misma universidad o descubrir el mismo placer extraño por viajar y los Thai Noodles, o por el placer de ver crecer al otro o la magia que queda de convertir a un maestro en amigo o al primo-de-un-amigo en parte de la familia.

Y están los amigos nuevos: la promesa, la página en blanco... la bendición de encontrar hogar fuera de casa. Y, así, también hay personas (amigos, amores, amantes) que se niegan a salir de nuestras vidas (como Don C, que seguirá ahí, como el recordatorio de que crecí y de la locura y del mejor sexo que he tenido en la vida) y hay otras, como K, que, en esas pequeñas y dulceamargas certezas, no saldrán (a veces por el peso del recuerdo, a veces por la nostalgia y otras por la fortuna del reencuentro), que simplemente no saldrán. Y luego están los Señores Nenito y el recuerdo de mi abuelo y del chango de peluche que se perdió en aquel incendio.

Y así la vida pasa y los hombres pasan como pasan las noches blancas y las noches oscuras y cambian las lunas y las lenguas. Y, si bien, algunos viernes los he consagrado al delirio y al tráfico y al whisky y a la piel, supe siempre que cuando volviera de Nunca Jamás, mi familia seguiría ahí. Así como se que cuando vuelva de detrás del espejo, mis amigos estarán en algún lugar del mundo, alegrándose de mi regreso.

Gracias, queridos. Sigan al conejo que en Las Maravillas los espero. 

miércoles, enero 12, 2011

Say your goodbyes


Por fin he tenido tiempo para ver la temporada final de Queer as Folk (después de como 5 años que salió del aire). Me quedan dos capítulos y, aunque se bien cómo va la historia, se que voy a sentir feíto con los créditos finales. Siempre he sido pésima con las despedidas (y, en uno de mis característicos rasgos irracionales, tiendo a prolongarlas más allá de toda justificación). Queer as Folk marcó una etapa importante en mi vida, me vio comprometerme y preocuparme por temas que no necesariamente agradan a todos. Me dio horas y horas de plática con mi (entonces "sólo amigo") prometido en matrimonio. Musicalizó los 4,500 millones de pliés en las clases de Argel. Y, claro, me dio uno de los mejores personajes que yo he visto en televisión: el Über Dios Brian Kinney. Siempre estará en mi corazón, pero es tiempo ya de terminar los capítulos y despedirme.

Así, me va a tocar despedirme oooootra vez en una semana. Con un poco de felicidad por lo que viene y un poco de pesar por lo que no me puedo llevar y la consigna de dejar aquí lo que debí haber dejado en agosto y con la esperanza de recibir muchas visitas. A decir verdad, no se si pasar todo un mes en México me haya hecho mucho bien o mucho mal. Me ha dado un gusto enorme ver a todos, pasar tiempo en mi casa, comer  todo lo comible y fumar todo lo fumable. No se si mis padres me extrañarán más o menos ahora. Y se que las cosas han cambiado y seguirán cambiando y todos continuarán con sus vidas con o sin mi presencia. Y desconozco cuándo volveré y la verdad es que no importa mucho: aquí todo parece marchar. Y mientras tanto, yo me iré a buscar una buena internship y a aprender salsa on-2 y a investigar cómo es que he podido ser tan feliz, teniendo el corazón tan roto...

miércoles, noviembre 17, 2010

La vida después...


En los últimos cuatro años me enamoré por partida doble: en algún momento, de hecho, estuve enamorada de dos hombres. Hombres maravillosos, brutales. Todo pasó muy rápido, ahora lo recuerdo como una película. Creo que terminé con toda fibra de ingenuidad que quedaba en mí. 

Reí, lloré, pasé noches sin dormir (por las razones correctas y por las razones equivocadas), caí al infierno y me elevé al paraíso. Aprendí en algunos meses lo que muchos aprenden en una vida. Fui feliz. Me enamoré como se enamora la estatua a la orilla de la playa. Como Helena (o Penélope - con el bolso de piel marrón) que teje por las noches. Me enamoré de una casa y del sabor a mezcal y de las orillas sin lijar. De su forma de jalarme el pelo y decidir (sin consultarme) el vino que acompañaría la cena. Me enculé. Y me enamoré de una voz que no cambió en una década y de lo prohibido y del amigo perdido y de lo que nunca pasó y no esperaba que pasara. Me enculé. Me enamoré del enamoramiento fugaz, de la positiva ficta, del qué pasaría. Me enamoré por sorpresa y con toda intención. En ambos casos tenía claro que era un equilibrio insostenible.

Y ahora lo veo desde la otra orilla. Y hay días que aún me siento enamorada. Del recuerdo, de los olores y sabores y las horas en el periférico y de Mahler y Cerati. Y de Bic Runga y Melody Gardot. De Lomas Verdes y San Ángel. De Marco Tulio y Séneca y Bolaño y Goethe. De las manos y las lenguas y las pieles. Y del CH y La Nuit de l'Homme. De los libros y las horas y Sienna Miller y Zooey Deschanel. Y de todo lo que me traje: Lola, los Louboutin, las bolsas Gucci. La tercera sinfonía y The Economist. Las perlas y el reloj Cartier. Las horas de grabaciones alemanas y el Atlas descrito por el Cielo. La consigna de estudiar mucho y regresar doctora (la promesa del matrimonio que ya no deseo). Las instrucciones de portarme mal y no pasar demasiado tiempo en la biblioteca y conseguirme una novia guapa, rubia y española.

Y hay otros (la mayoría) en los que estoy en otra parte. En donde siempre quise estar: dueña de mis días y mis noches. Aprendiendo a volar sola, a salir de marcha y no esperar nada ni a nadie. Y pasar la noche con un extranjero o un local o lo que se me antoje. O no. Y pasar los días frente al Chrysler y la ciudad frente a mí. Haciendo nuevos amigos y encontrando otros viejos. Haciéndola de hija pródiga, madre protectora y hermana comprensiva. De amiga en la distancia y amante perpetua. 

La vida, es verdad, la he encontrado en otra parte. Y ahora, se, vienen cosas nuevas. Y no es secreto que me alimento de la novedad, de la fuga. De desayunar en Paris y cenar en Mendoza. Del par de tacones sin estrenar. Pero también soy coleccionista. Y no me quiero deshacer de las viejas. He aprendido a viajar con una decena de maletas. La vida, en realidad, también estaba allá. Y está en todos lados. Y yo lo quiero todo. Lo quiero todo, a cucharadas y en dosis controladas. Quiero ser dueña de mis noches y mis días y de alguna de sus tardes. Quiero a Manhattan en mis manos y a México a mis pies.

lunes, noviembre 15, 2010

Notas de una boda, sin hablar de matrimonio


Algunos días han pasado desde que llegué a ¿mi casa? El aire de la ciudad de México me hace bien. Mas o menos bien que el aire neoyorquino, no lo se. He venido para constatar lo que ya había vislumbrado (de esas pequeñas certezas): todo sigue igual y,al mismo tiempo, nada es lo mismo. Estar aquí es como entrar a un pequeño limbo de cambio y costumbre. Es como probar un plato nuevo solo para descubrir que está compuesto por sabores familiares. O, tal vez, abrir una botella del vino favorito y saborear notas desconocidas.

Los amigos han seguido sus vidas. La novedad hace fácil las charlas. Mi padre es mi padre y siempre será mi padre. El Perro Gober sigue viendo la tele con extraña fascinación, aunque ahora ha añadido a sus predilecciones los infomerciales de medicinas maravilla. Mi cuarto no ha cambiado, pero huele diferente y algunos cajones han sido ocupados por ropa que no es mía.

A pesar de que me alimento, de cierto modo, con la fuga y los diálogos internos (que solo se tienen cuando uno se acostumbra a andar solo), he disfrutado muchísimo el calorcito que genera tener quién espere tu llegada. En este caso, es doble calidez pues ahora tengo dos casas, dos amores. Me vuelvo a Nueva York con el corazón iluminado y el estómago lleno y solo el tín de nostalgia que me obliga escribir estas letras.

Me han dicho que me veo distinta. Yo creo que no ha pasado el suficiente tiempo para cambiar mas allá del par de kilos que he ganado. Me han dicho que me veo feliz. No se si la sonrisa en mi cara ha venido del hecho de visitar mi ciudad y ver a mis amigos y a mis padres o el hecho de que soy feliz allá o, tal vez, de la certeza que tengo de que la próxima visita será sólo en unas cuantas semanas.

Al final, todo es lo mismo y se siente diferente. Ya no tengo el corazón roto, solo quedan los resabios de lo feliz que fui y, que ahora, se trasforman poco a poco en un sentimiento que no puedo describir. Qué bien haber sido obligada a volver tan pronto. Qué bien que haya sido por sólo unos pocos días. Qué bien el whisky japonés que le han dado un sabor distintamente familiar a las tardes de viernes. Y qué bien saber que Nueva York me espera con el árbol de navidad ya encendido...

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viernes, octubre 29, 2010

Books closing


Ayer me contaste que te mudas. Un lugar más pequeño, según entendí. Un lugar más cerca de tu padre enfermo y tu madre, que te necesita. Espero que aún tengas lugar para la orquídea que te regalé y el platito para fondue de chocolate.  

Te mudas, ayer me contaste... y, no se por qué, de pronto siento nostalgia. No sé por qué si odiaba tanto que vivieras tan lejos. No se por qué si siempre he odiado Satélite y sus alrededores (lleno de wannabies, fresi-nacos y demás especímenes indeseables). No se por qué si odiaba los viernes en La Cúspide repleta de chamaquitos pubertos. No sé por qué si detestaba tener que salir de tu casa a la 1am para llegar a la mía a tiempo gracias a las obras del Viaducto Bicentenario... No sé por qué si pasé más horas atorada en el Periférico que contigo. 

No se por qué pero, de pronto, me ha dado tristeza que te mudes y dejes Lomas Verdes y la Presa. Y no se por qué si no he puesto un pie en esa casa desde hace más de un año. Será porque me enamoré de tí el día que visité tu departamento por primera vez. Era tan lindo: blanco y negro, minimalista. Será porque me gustaste tanto más cuando vi tu impecable colección de libros (de piso a techo, acomodados por periodo histórico, por tipo y tema). O porque caí a tus pies cuando me mostraste, orgulloso, tu colección musical y tus bocinas Denon.

No sé por qué, si ya no estamos juntos, si ya no te extraño, si ya no te quiero como te quise (con todo lo que soy). Será porque en esa casa fui feliz por primera vez en una década. Porque fui tan feliz que dejé gustosa los viernes de marcha para escuchar a Mahler y a Dvorak acostada en tu cama. Porque no me han vuelto a dar besos tan dulces como los tuyos, ni he tenido mejor sexo desde que decidí dejar de verte. Será porque tus labios sabían a mezcal y tu casa olía a bosque y dormir en tus brazos me hizo muy feliz.

O será, tal vez, porque es el perfecto recordatorio de que a mi regreso ya nada será igual. Time to close some books...

martes, agosto 10, 2010

Ya me voy... ¿me regresas mi corazón?



Si tuviera todo el tiempo, te regalaría 100 noches más: 20 botellas de champaña, un ciento de besos y los cuatro diarios amorosos de Anïs Nin. Te regalaría también mis discos de Café Tacvba, el de Miles Davis que tanto me gusta y un par de Vogue francesas que he guardado. Tal vez te regalaría una buena terraza, sexo en el agua y una fiesta.

Si tuviera un poco más de tiempo te regalaría una pócima para que no me olvides y una que te quite las ojeras que te causará extrañarme por las noches. Te dejaría los tacones que siempre te han gustado para que se los pongas a una rubia que calce del 4.5. Tal vez el vestido de seda (pesa mucho y no hay espacio en la maleta) y lo que nos dijimos el día que lo traía puesto.

Si tuviera unos días más te regalaría la tiara de quinceañera y un liguero color rosa. Un Gentelman’s Jack y una cajetilla de Davidoff para completar el cuadro. Sin duda te regalaría la flor que cubre a Lola, los besos que me diste en mi coche (tal vez te dejaría a mi corcel entero).

Si tuviera una tarde, te regalaría algo dulzón, un poco de lluvia y una ventana a París. Te regalaría una chica con un dejo de niña y un vaso con hielos.

lunes, agosto 09, 2010

No surprises, sweet surprises


Llevaba un vestido que sabía que, de una manera extraña, te agradaría. Me he vestido de quinceañera para dejar ir un poco el control (o, al menos, intentarlo) y dejar a mis padres y a mi mejor amiga organizarme una fiesta de despedida. Le he dicho hasta luego a mi ciudad (he soltado una lágrima discreta al pasar por Bellas Artes) y he fingido que es una fiesta más: no he dejado que la nostalgia se apodere de mí, he disfrutado el mezcal y a mis amigos y las luces y la música.

He sido feliz y me he embriagado con el aire festivo y con la alegría y con la compañía de todos los que se han ganado un lugar en este viaje. He bailado entre ruleteras, payasos, mariachis, dos miembros de la banda Timbiriche, franeleros, tamaleras, un hipster disfrazado y un disfraz de hipster (lo siento, marido, nunca lo lograremos). Y entre afectos he recorrido las calles de mi De-efe y he sido feliz. 

Pero tal vez deba confesar que sólo fui realmente feliz hasta que apareciste. Mala cosa... traté de convencerme que no podrías, que no querrías. Logré, incluso, ponerle mute a la inquietud y el ardor de esa herida (la de enero) que no cierra y bailar con el corazón y no con los pies. Pero al final hiciste la parada y alcanzaste a ver mi vestido azul (como el whisky que te gusta, como el color que ha tomado mi ánimo en estos días) y bailaste y bebiste y te uniste a la fiesta y te alegraste por mi buena fortuna. 

Es un juego peligroso dejar que una persona te haga o te destruya una noche. Esta vez me has dejado ganar. Y, al final, la sorpresa-no sorpresa salió redonda y perfecta y la imagen de tus ojos entre la gente y las luces sobre mis amigos y la emoción de mis padres y las horas invertidas de mi mejor amiga y todo lo demás me lo llevo en el bolsillo derecho... a la mano, por si me agarra la tristeza.

Y ahora es domingo, y la fiesta se ha acabado y es tiempo (ahora sí) de terminar las maletas y seguir caminando. Y caminaré contenta porque todo se ha acomodado. Y es que la fiesta ha de acabar, pero esta vez he podido acabarla en tus brazos.

miércoles, agosto 04, 2010

You hate me


Hay algo en creer que el enemigo está al otro lado de la trinchera, escribiendo...  y no sentado en la sala, leyendo una revista. Hay algo en tratar de espantar ese insecto que nos zumba en los oídos esa certeza, dolorosa como evidente. Hay algo en apagar la luz y beber una infusión luminosa.

Tal vez sea que sólo juegas a quererme. Tal vez sea que yo juego a que te creas que te creo... Tal vez, en el fondo, no me importa nada.

lunes, agosto 02, 2010

Mudanzas: lo difícil es desempacar


Hace unos días hice un viaje. Un viaje a otros días, a otras horas. Estaba francamente emocionada, expectante, felicísima y temorosa. La maleta la armé como en 20 minutos. Esa maleta me acompañó entre discusiones sobre el método periodístico, historias de hombres abotargados y muchas lágrimas que no se pudieron contener más. Me acompañó dos madrugadas hermosas si acaso interrumpidas por cánticos imprudentes y un poco de luz.

Siempre le tendré cariño a esa maleta que fue paseada por un botones bien simpático y depositada en una habitación de sueño, en unos momentos de sueños envinados y muchos besos mojados bajo las estrellas. En la maleta cargué un vestido digno de su nombre y unos tacones bien altos. Cargué también con una esperanza que me devolví hecha cachitos y con el corazón igual de hinchado que mi labio inferior. Me devolví la maleta con muchísimo trabajo pues ni ella ni yo queríamos volver todavía.

Y es que siempre me ha gustado hacer maleta. El problema de las maletas, cuando se hacen, es que invariablemente llegará el tiempo de deshacerlas. Y ese momento pesa muchísimo. Como las fiestas que de pronto me da por organizar con todo cariño y detalle y que en un par de horas han terminado y me obligan a volver a casa con el corazón feliz, pero un poquito roto. 

Odio los finales de la fiesta, como odio el momento de deshacer maleta. Igual nunca me pasaría por la cabeza dejar de viajar... y mucho menos de organizar fiestas. 

martes, julio 27, 2010

Mudanzas: Hoy voy a empacar

Hace unos días leí por ahí un twitt que me transportó al futuro cercano. Se leía algo como "Auxilio! Escucho un disco viejo de Maná mientras intento meter mi vida en dos maletas". Ciertamente el primer paso para superar la crisis era quitar el disco... pero más alla, me hizo pensar que yo también debo meter mi vida en unas cuantas maletas (no fingiré: los señores Nenito han puesto de su parte para que me pueda llevar mas de dos). Para combatir el ataque de pánico que siempre me viene ante los plazos fatales, usé mi infalible técnica anti-estrés: hacer listas.

Siendo radicales, bien podría sobrevivir con cuatro cambios de ropa, unas chanclas, un perfume y una liga para el pelo (y una American Express, claro está). Siendo realistas, voy a intentar empacar todo lo que se pueda: algo de verano, algo de invierno, algo cómodo, algo bonito. Una pijama, mi Macbook, mi iPod (con sus 8600 canciones), mi cepillo de dientes, las perlas de mi madre, los Louboutin y las Gucci. También me he de llevar dos aleteos de las pestañas de ..., un par de bolsitas con su voz y medio frasquito de su perfume. Debo empacar el costurero de mi marido, los moldes de sus sueños y cuatro libros de diseño, tres novelas recomendadas y seis canciones que si me gustaron. Incontables te quiero y un ciento de creo en tí, como creo en mí misma. Haciendo un esfuerzo, tal vez quepa el kit lujuria.

Tendré que doblar en algún momento (con todo cuidado, para que quepan todas) las noches de juerga con mi mejor amiga, las crisis familiares que me ayudó a pasar, las lágrimas que nunca me vio derramar y que de todos modos me secó con mezcla porquería. También me llevo los años de la prepa y un medio muégano bien envuelto, acompañado de 40 fiestas de cumpleaños (cuatro por cada año de conocernos), diez cenas navideñas e incontables consejos envinados. Me llevo triples piruetas y muchos amigos y un maestro que me enseñó a bajar los hombros y caminar sin mirar al suelo. Un maestro que se volvió un amigo y un amigo que se volvió mi familia. Me llevo a una familia que me hará venir pronto a beber mezcal y con la que he compartido más de un par de copas de vino.

Deberé empacar también cuatro años entre cafés dobles y lecturas triples y buenas amigas que fueron y vinieron y ahora, tal vez, entenderé mejor. Envuelto en papel de china me llevo dos primeros besos; no deben ocupar mucho espacio: ambos fueron con la misma persona. No se dónde meteré todas las fotos de los viajes que Salo y yo hicimos, viajes trasatlánticos, musicales y culinarios. No se dónde, pero en mi casa siempre habrá lugar para ello pues él me acompañó a encontrar dónde dormir. También me llevo un cuaderno con las memorias de un primo que aprendí a querer como mío.Me llevo una parvada de chachalacas y su domador y los días y meses felices en su compañía. Un puñado de risas nostálgicas, tal vez, protejan la foto de mi abuela materna y el bigote de mi abuelo paterno.

También debo guardar lugar para las noches en los brazos de Don C, unas 200 vueltas en su cama, 400 canciones que tuve a bien robarle, 1500 hora atrapada entre Lomas Verdes y la vida, 30 conciertos y como 800 correcciones sobre la pronunciación de Dvořák. En un frasquito chiquitito tal vez me alcance a llevar las lágrimas que le lloré y la pócima mágica que me hizo un día despertar sin dolor. En una libreta tal vez quepan las 300 cartas que ... y yo nos hemos escrito, los cientos de mensajes, varios miles de palabras perdidas en la noche. No debo olvidar el listón color magenta con dos llaves amarradas: la llave al diario finito y la llave a lo más blandito de mi alma, que perdí cuando vino el tiempo de los asesinos y que recientemente me han devuelto.

Me llevo la sonrisa de Don Nenito guardada en un USB, los ojos de mi madre (que todo lo ven) en una corona de porcelana y la adicción televisiva del Gober. Me llevo los últimos 15 meses envueltos en clases de francés, besos y llamadas de media noche, fiestas interminables, largas comidas, hojas de novelas y notas musicales. Esos me los llevo en la maleta de mano pues no se me pueden perder.

... lo demás lo dejo encargado. Las promesas, las lágrimas de despedida y la mitad de mi ropero me lo pueden llevar cuando me vayan a visitar.